Poco a poco, he ido descubriendo que en África hay personas geniales. Simplemente saben amar. Y en algunos casos, con un amor realmente impredecible. Grande: Amor. Es el caso de Maggy Barankitse. Podríamos ilusionarnos con aprender a amar así. Ya sé: es un sueño. Pero es real: tiene rostro, carne y huesos, historia. Y, en todo caso, siempre es mejor morirse de sueños que morirse de asco. Es difícil no conmoverse escuchándola. Pienso que la existencia de gente así, ¡tan real!, nos permite mirar a la Iglesia católica de otra manera, a pesar de todos los fallos indudables de las personas que formamos parte de ellas. Semejante grandeza, nos puede llenar a todos -creyentes o no- de una esperanza grande. Podríamos ser así algún día... Y para los jóvenes es una referencia para cambiar el mundo desde sus mismas entrañas, también cuando están pobladas por el dolor. ¡Gracias, Maggy! Nació en Ruyigi, Burundi. De ascendencia tutsi y perteneciente a la aristocracia real, en 1993, se hace cargo de nueve huérfanos de la guerra civil. En 1994, tras las masacres habidas en el pais, comienza a recoger niños huérfanos y abre en sus tierras la "Maison Shalom" (Casa de la Paz). En 2002, con la ayuda de ongs internacionales, da cobijo a 5.000 niños huérfanos de los tres grupos étnicos de la región: Hutu, Tutsi y Twa. Algunos de los primeros niños, hoy son jóvenes que están formando sus propias familias, dentro de los terrenos de Maggy ya los que anima a adoptar a algunos de los otros huérfanos <b>...